Y es tu aliento, amor, el viento interminable que me quema, el triunfo y la derrota, y, en la noche, el álgido mensaje de tu hoguera; y no aparto mi boca de su alcance, no por la herida que me sube hasta las sienes ni el horno en que transforma mi cabeza, sino por esa batalla sin luces que martillea en los huesos y me contorsiona el alma; quiero sentir sin perdones el calor del bien dotado refugio de tu pecho, donde la armonía se ha centrado en formas diminutas, donde el sol, centelleante, no ha alcanzado las cúpulas gloriosas; amo tus pies, tus manos y tu pelo porque abarcan todas las constelaciones; amo el movimiento imperceptible de tu cuerpo porque tiene el ritmo melodioso de los héroes, y amo tus lágrimas sobre todo porque son, amor, un poco de tu cuerpo que se pierde;… te amo en todos tus principios, en todos tus extremos; amo la forma caprichosa con que el destino te enmarcó en el tiempo; amo la mente diáfana que quiso concretarse en como eres; y amo al sol, la luna y las estrellas porque en sueños giran en torno de tu frente;… amor mío, la luz nos funde en el crisol eterno derramando hermosura por sus bordes, y mientras el mundo se hostiga y atormenta, nosotros amasamos el pan de cada día; no importan huracanes ni rumbos ni galernas, nuestro navío es el puente inmenso entre las olas, capaz contra la muerte al cruce de su estela; te amo en la grandeza de mi escasa fuerza, sin nombres de deidades, sin nombres de potencias, te amo, oh, flor mía, porque me guardas en los profundo de tus pétalos; … y aunque se rompa este prisma y nos acechen las furias, recuerda que también el sol se nubla y llora tras las nubes, y sus lágrimas, vírgenes, transforman cardos en brotes de azucenas.

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